En los últimos años, la ashwagandha ha pasado de los textos antiguos y manuales clásicos de medicina ayurvédica a los laboratorios modernos.
Dos investigaciones recientes ayudan a entender, con el rigor de la ciencia desde y la experiencia femenina, por qué tantas mujeres están dándole un espacio en su rutina de cuidado.
La primera, firmada por Paulina Mikulska y su amplio equipo de la Universidad Médica de Poznan y publicada en Pharmaceutics en 2023, recorre más de cien estudios y ofrece una mirada panorámica a los efectos de Withania somnifera sobre nuestro organismo. Las autoras explican cómo un extracto de calidad puede, tras seis u ocho semanas, suavizar los picos de cortisol, ayudarnos a dormir mejor y devolvernos esa energía básica que a veces se nos escapa entre reuniones, hijos y entrenamientos. Al profundizar en los datos, descubren indicios de mejoras en el síndrome premenstrual, un ánimo más estable en la transición hacia la menopausia e incluso ligeros ajustes en glucosa y colesterol. Todo ello con una tolerancia que rara vez va más allá de una breve somnolencia o un leve malestar digestivo.
Unos meses antes de esa revisión, el ginecólogo Ashutosh Ajgaonkar, junto con la psicóloga Mukta Jain y el investigador clínico Khokan Debnath, publicaba en Cureus un ensayo que pone la lupa en algo tan íntimo —y a menudo silenciado— como el deseo femenino. Reclutaron a ochenta mujeres sanas, todas ellas con la sensación de que su libido se había tomado vacaciones. Durante ocho semanas, la mitad tomó 300 mg de ashwagandha dos veces al día y la otra mitad un placebo idéntico. Los resultados hablan por sí solos: la puntuación media en el cuestionario que mide deseo, excitación, lubricación y orgasmo saltó de 14 a más de 22 puntos en el grupo activo. Aún más revelador, dos de cada tres mujeres que tomaban la raíz relataron encuentros íntimos claramente más satisfactorios, frente a una de cada cuatro en el grupo de control. Apenas aparecieron un par de náuseas leves y algo de somnolencia que remitió sin tratamiento.
Un escudo frente al estres:
Cuando leemos ambos trabajos en conjunto, emerge un hilo conductor muy claro. Al moderar la respuesta al estrés y mejorar la calidad del sueño, la ashwagandha crea un entorno hormonal y emocional más amable: menos cortisol significa más serenidad y un descanso verdaderamente reparador; dormir bien se traduce en energía sostenida y, con frecuencia, en una disposición más abierta al placer. Todo forma parte de un mismo circuito que conecta nuestra mente con nuestro cuerpo, nuestro día con nuestra noche y nuestro bienestar general con la intimidad.

Calidad y constancia, las dos reglas de oro.
¿Significa esto que cualquier cápsula de ashwagandha solucionará el estrés y encenderá la pasión? No, y las propias investigadoras insisten en ello. La calidad del extracto es crucial (conviene buscar el porcentaje de withanólidos y, si es posible, certificados de laboratorio), la constancia es imprescindible —los beneficios llegan poco a poco— y siempre es recomendable consultar con nuestro médico cuando estamos embarazadas, damos el pecho o tomamos medicación hormonal. Aun así, con esas precauciones, la raíz se perfila como una aliada suave, sin prisas, que acompaña nuestro propio ritmo y nos recuerda que cuidar de nosotras no es un lujo, sino la base sobre la que florece todo lo demás.
Referencias: